Ojos asiáticos

Hacía un frío de mierda y tenía la boca reseca. Que paja esos días en los que te levantas sin ganas de respirar. Pareciera más nocivo de lo que es, pero realmente es menos común de lo que quisiera. Aún, al parecer, no logro ver la vida tan oscura.

Puse un poco de música y fui a hacerme un té a la cocina. Para mi sorpresa eran cerca de las nueve de la mañana, tal parece que el día anterior estaba más cansado de lo habitual. Llevo más de tres meses sin ocupación, así que el desvelo es pan de cada día.

Cargué la infusión de té y menta en la taza y la rellené hasta el borde con agua caliente. Aún brotaban hilos de vapor cuando me asomé a la ventana a fumar. Ni pinche idea desde hace cuánto lo hacía, pero el cigarrillo matutino me mareaba exquisitamente.

Subí al segundo piso y me senté en mi escritorio. Encendí el computador, me puse a escudriñar entre páginas de cursos de programación y búsquedas de empleo. Nada interesante al parecer, aún daba pequeños sorbos al té. Leí un par de correos y después de una hora me hastié, como siempre.

A eso de las doce bajé el volumen de la música y como que no quiere la cosa abrí mis viejos apuntes. La mayoría estaban muy borrosos producto de mi mala manía de escribir con lápiz mina. Costó bastante sacarlos de dentro del cajón. Al parecer no los tenía guardados, sino, ocultos bajo una maraña de guías y libros en copia.

¿No han sentido vergüenza de su yo del pasado? Bueno, es exactamente lo que sentí entonces. Tampoco es que pasaran muchos años, pero ciertamente sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

“Ojos asiáticos” rezaba una hoja que se escurría por el borde de un cuaderno. Había olvidado ese sobrenombre y más quien me lo había puesto. Junto a un pequeño dibujo la media hoja recitaba un fragmento de la canción “Oh Darling” de The Beatles. Vaya tiempos de mozuelo infante en la media.

Abrí el cuaderno, probablemente estaría lleno de dibujos y escritos cursi que me llevaban atrás. Recordé el día en que la conocí y el día en que supe realmente quien sería. No sé si pensarla con rabia, con pena o con alegría. Ciertamente tuvo todos sus momentos, pausados y a su tiempo, pero los tuvo.

Definitivamente los tenía ocultos, tanto material mantendría embelesado en el pasado a cualquiera. Leí muchas cartas que escribí y me escribieron. Encontré muchos dibujos de mí, que hasta que los tuve en la mano como regalo nunca supe de su existencia. Nada demasiado rosa, nada muy cortopunzante, solo recuerdos atrapados en las hojas.

¿Les conté de la profecía? No, creo que no lo he hecho. Quizá un día con suficiente vino lo haga. Por ahora solo será un pasaje misterioso.

Lleva a perturbar lo mucho que me afectan cosas como esas: tiempo perdido, relaciones destruidas, amistades estropeadas, amores fugaces, gente incierta, mentiras cegadoras. Vaya catástrofe de persona, vaya exageración de la vida tiene en la frente. Quisiera no ser así; Grandilocuente. Hay días en que realmente me harto de mí, de cómo me construí, de cómo me dejé influenciar, de las cosas que quise olvidar…

[…]

A veces quisiera realmente deshacerme de eso, de dejar las cosas ahí. No sacarlas del cajón. Pero no se puede, porque hasta las cosas vibran, ellas te llaman, necesitan de ti, necesitan que las dejes ir. Necesitas retroceder, mirar atrás, ver con otros ojos, aprender hoy cómo cambiaste ayer.

Entonces me pregunto ¿Cuánto podemos retroceder en una noche?